jueves, 1 de noviembre de 2012

2 DE NOVIEMBRE - LA MUERTE EN LA CULTURA POPULAR PARAGUAYA

LA MUERTE EN LA CULTURA POPULAR PARAGUAYA
Por: David Galeano Olivera

1.- INTRODUCCIÓN (MOÑEPYRÛ)
            El ser humano es una entidad dotada de vida y en su devenir natural y regular pasa desde su nacimiento -gradual y progresivamente- por varios estadios como lo son la niñez, la juventud, la adultez y la senectud para finalizar con la muerte, fase última inevitable, en muchos casos temida, mayoritariamente triste y dolorosa y sobre todo misteriosa.



            Más allá de tratarse de un proceso “normal” desde el punto de vista biológico, la “muerte” (mano) se asocia -antes, en el momento de su manifestación y después- con una serie de tradiciones, creencias, costumbres y usos; y que de acuerdo con cada tiempo y espacio posee peculiaridades o características relativamente uniformes o específicas. Implica una secuencia de prácticas que conforman una serie de rituales que en la mayoría de los casos se han transmitido de generación en generación mediante la oralidad.

            En el ámbito popular estas prácticas nunca exigieron una explicación científica o un razonamiento lógico por parte de sus actores y reproductores. Bastó y sobró que alguna abuela o abuelo, mamá o papá las hicieran “verdaderas” o “ciertas”, y nada más. En más de una ocasión, buscando hacer una interpretación razonable, pregunté a más de una persona “común y corriente” acerca de ciertas prácticas o creencias relativas a la muerte y recibí por respuesta un simple “por que sí”. Obviamente esto tampoco debería causar ningún sobresalto, molestia o decepción pues es la reacción “normal” de la gente de aquí y de cualquier parte del mundo.

            La muerte se convierte en un centro de atracción, en una molestia, en tema de conversación o en un tormento cuando empieza a rondar alrededor nuestro o de algún ser querido. Es en momentos de esa laya que nos sacuden las interrogantes: porqué morir?, será que duele?, qué hay después de la muerte?, que le sucederá a mi familia después de mi muerte?, será que después de la muerte nos reencontraremos y viviremos eternamente y llenos de gozo y felicidad?. La muerte no es molestia mientras no se acerque a nosotros. Pasa desapercibida inclusive por largos períodos de tiempo.

            Si embargo, una vez que la muerte nos toca nos causa mucho daño sobre todo emotivamente. Muchos quedan profundamente marcados o caen en depresión o en otros cuadros patológicos. Por otra parte, sería de necios sentenciar que no le tememos a la muerte y más le tememos o la respetamos cuando más edad tenemos. Demás está decir que nadie -en su sano juicio- se prepara para morir. Definitivamente, de entre todos los misterios humanos, sin duda, la muerte es el más denso y a la vez el más implacable de todos… Un dicho en Guarani, rescatado por Rubén Rolandi en libro “Kásos: ahendu, ahai”, dice “Ndaipóri ipohâ’ỹva ko yvy ape ári, mano ha ko’êmbotánte umi ipohâ’ỹva (Nada imposible existe sobre la tierra, solamente la muerte y el amanecer son impredecibles)”. Comúnmente la palabra “ko’êrô” significa mañana; sin embargo, para los Guarani “ko’êrô” quiere decir “si amanece” y no precisamente mañana. El porvenir, el futuro o mañana es para los Guarani solamente una posibilidad y por lo tanto, no es una cuestión segura.

2.- DESARROLLO (HETEPY)
2.1. Algo sobre la muerte en la tradición Guarani
            Cuando hablamos de la muerte y la relacionamos con el velatorio, la misa de cuerpo presente, la Virgen del Carmen, el cielo, el infierno, el purgatorio, el novenario, etc., aludimos a la tradición Cristiana que ingresó a América con la llegada de los conquistadores. Numerosos Indígenas y mestizos que, a partir de entonces, fueron reducidos o “educados” en la cultura del conquistador y colonizador español o portugués, tuvieron que, forzadamente, adaptarse a la cultura occidental y con ello incorporar en su teko (cultura, modo de ser) la idea del pecado para lo cual se creó la palabra “angaipa” (putrefacción del alma) de manera a -más o menos- hacerles entender el fenómeno cristiano llamado pecado. Así también, les costó entender lo que es el infierno, ya que ellos jamás imaginaron un sitio demencial como ese. Notablemente los Guarani solamente tienen un solo destino posterior a la vida en la tierra y es el conocido “Yvy Mara’ỹ o la Tierra sin Mal”, que Ñande Ru nos tiene reservados a todos; en otras palabras, los Guarani no tienen incorporado en su teko la noción del purgatorio y mucho menos del infierno.

            La cosa es sencilla entre ellos pues vienen a vivir y desarrollar el “tekokatu (vida perfecta o plena)”. Para ellos la vida en la tierra es la oportunidad para perfeccionarse espiritualmente. Es más, saben perfectamente que la vida en la tierra no es el fin, es apenas el medio para llegar al final que es el Yvy Mara’ỹ. Por eso es que la tierra no tiene dueño, las plantas y los animales tampoco. Nada es nuestro porque nosotros no somos para acá. Somos simples transeúntes. Quien finalmente logra el estado de “aguyje” (estado de gracia o plenitud) pasa a ocupar su morada final en la Tierra sin mal. Portarse mal no forma parte de su opción de vida. Es por ello que al caer en alguna falta procedían al “tera’o” o cambio de nombre. La falta iba con el nombre y todo empieza de nuevo (0 km) con el nuevo nombre. Sin embargo, el cambio de nombre implica una pérdida de estatus social. Existen hombres y mujeres de más de cien años que jamás cambiaron sus respectivos nombres. Son casi perfectos, luminosos, sabios, respetados y emulados.

            León Cadogan en su célebre obra “Ayvu Rapyta” señala que los mbya en esencia se definen como palabras-almas almas-palabras. El “â (alma)” es lo esencial, el cuerpo no pasa de ser la carcasa. De hecho, entre los Guarani como entre los paraguayos se nombra a la muerte con la palabra “mano”; sin embargo, en frecuente escuchar la expresión “jehekýi” (desprender/se); es decir que con la muerte el alma se desprende, se separa del cuerpo. En otras palabras, hay una clara distinción entre el cuerpo y el alma.


            En el Paraguay se concretaron tres valiosos trabajos de investigación arqueológica en Caballero (Departamento de Paraguari) en la década de 1980, en Hernandarias (Alto Parana) en la década de 1990 y últimamente en Capitán Bado (Departamento de Amambay) en el 2010. Los resultados revelaron la presencia de poblaciones humanas con miles de años de antigüedad. El Hombre de Caballero vivió en el lugar entre 990 y 3.620 años antes del presente. En Hernandarias, la prospección se realizó cuando se iba a construir la Represa de Itaipu, los fósiles encontrados tienen entre 8.000 y 10.000 de antigüedad. Finalmente, el ser humano que vivió en el Amambay, zona habitada por los Guarani de la etnia Paî Tavyterâ, tiene 5.200 años de antigüedad. En toda la Región Oriental del Paraguay se encontraron y se encuentran frecuentemente los famosos “Japepo (urna funeraria)”, que son piezas cerámicas parecidas a un cántaro (kambuchi); y que son utilizadas por los Guarani para enterrar a sus fallecidos. Al momento de producirse la muerte, se convoca al alfarero y este procede artesanalmente a confeccionar la urna. El fallecido es depositado en ella en la posición fetal (cabeza arriba, pies abajo) y junto a él algún objeto personal y finalmente es enterrado (ñotỹ).

2.2. La muerte en la cultura popular paraguaya
            La muerte en la concepción folklórica, tradicional, tiene un ritual diferente según se trate de un angelito, de un angel lorus o de un adulto. El primero llega hasta los 7 años de edad, el segundo refiere a los jóvenes hasta más o menos los 20 o 21 años y en el tercer grupo se incluyen a todos los que sobrepasan esa edad; es decir, adultos y ancianos.
            El cuerpo del angelito, quien aún no tiene conciencia del pecado; es un alma pura, blanca y sin mancha y que va directo al cielo, es depositado en un ataúd (cajón) de color blanco; en tanto, al jóven se lo introduce en uno de color marrón y al adulto y al anciano en uno de color negro.
            Por el angelito no se guarda luto, tampoco se debe llorar pues las lágrimas mojan sus alas y dificultan su ascenso al cielo. Por los jóvenes se guarda medio luto y por los adultos se guarda luto cerrado. Si se trata del padre o la madre, esposo o esposa, hijo o hija el luto incluso llega a los 2 años. Si se tratare de un familiar más alejado en el grado de parentesco, el luto se extiende hasta un año.
            En esta materia, la tradición permanece arrinconada en las zonas rurales, en aquellas comunidades más distantes o que menos contacto tienen con las grandes ciudades.

2.2.1. Acerca de los nombres de la muerte en Guarani
Respeto a la muerte y su concepción en la cultura popular paraguaya conviene acotar que hay una velada costumbre de “no invocar” a la muerte. Cuanto menos usemos la palabra “mano (muerte)”, mejor. En todo caso es preferible decir “ñandereja”, “opoti”, “amóntema”, “hekovejei”, “hesa árima monéda”, “hevipéma”, “ipypyte sa’yjúma”, “itenondéma ñanderehe”, “kapútima”, “ohejáma ikuchára”, “ohóma Ñandejára pikétepe”, “okali’u”, “oñehundíma”, “osapymíma”, “ombojoja ikupy”, “ndohechavéi ipysâ guasu”, “ojehekýi”, “oĝuahê i-líño ru’âme”, o bien “opurahéi himno nacional oñenoháme”, etc. Con certeza, podemos afirmar que existen más de 100 sinónimos de la palabra mano (muerte) en Guarani.

2.2.2. El angelito
            Contrariamente a la muerte de un adulto, la de un angelito implica creencias, costumbres y prácticas diferentes. Primero que nada, el fallecimiento de un angelito, niño o niña, hasta los 7 años, tradicionalmente no se considera un hecho trágico hasta casi constituye una “bendición” de Dios, por eso no hay luto y no debe haber llanto. Conviene aclarar, a este efecto, que la criatura debe estar bautizada o cuando menos contar con el agua del socorro.

            El agua del socorro corresponde a la tradición cristiana y es una especie de “bautismo (mongarai)” de urgencia que se aplica a la criatura ante la inminencia de la muerte o de algún peligro grave. Con ello, en caso de morir, ese pequeño ser humano ya no irá al infierno. Se encarga de la aplicación del agua del socorro algún laico “consagrado” y la intención es otorgar o asegurar la condición de cristiano a la criatura. Sin embargo, a esta práctica debe sobrevenir el bautismo propiamente dicho, con todas las de la ley, en alguna iglesia y de la mano de un sacerdote.
           
            La indumentaria. Tradicionalmente, el angelito es vestido de color blanco; también el cajón debe ser de color blanco; y entre sus manos entrelazadas lleva una cruz (hecha de fibras de pindo) con una cinta o papel de color celeste si es varón o de color rosado si se tratare de una mujer y que es retirado por la madre en el cementerio y es guardado por ella en la casa a modo de amuleto o talismán (kurundu).
           
            El angelíto purahéi (canto del angelito). Al respecto, existe una antigua costumbre aún practicada en muchos lugares del Paraguay que consiste en el “canto al angelito o angelito purahéi”, con texto en castellano y en Guarani. A continuación la transcripción del mismo según la recopilación del investigador Víctor Barrios Rojas, en su libro “Motivos populares tradicionales del Paraguay “Compuestos” – Vol 1
I
Discurso pido al cielo, pido audiencia Salomé
Aunque sentir perfecta para referir canción
En el vientre de la madre Dios o-forma imba’erâicha
Entero ñamombe’usehaĝuáicha el ángel oîva altar-pe
Derecho ohóne yvágape ko’ápe opyta la fama.
II
Ipopeguare la palma ojerátahina’anga
Cada instante isy he’íne paloma de mis entrañas
Incomparable tristeza opyta nde rapykuerépe
Ojehúva ne gente-kuérape, sentimiento que sucede
Pe-tomá-katu coraje ña-cumplí haĝua conforme
III
Así por esa viveza pepytákatu gustoso
Peêkuéra los dichoso ohóvo penerendágui
O-rrogá-vo penderehe este glorioso Angelíto
Este bello Angelíto entero-ite jaikuaa
Mba’e tapépa ogueraha es una regla muy fija
IV
Oho o-gozá-vo al paraíso con contento y alegría
Ja ohóma con armonía a gozar de Dios y reino
Es cierto tu pesare ko’áĝa ipyahumihína
Pehendúke mi encargue hermano, padre y madre
Perekókatu consuelo, pe-viví con más anhelo
V
Ko angaipa oikuaa mboyve al mundo subió al cielo
A pedir tu bendición katuete oúne nerendápe
Al golpe de la oración pehovasa cada el día
Ja ohóma con armonía a gozar de Dios y reino
Ha eha’âke nde isymi anitéi reime ajeno.
VI
Atenta madre querida de mi reliquia cristiana
Ko’áĝa ja ndeveháma opyta che popeguare
Ha eñ-atendé-ke hese para apoderar los santos
Con firmeza ja-paga en esa masa fatiga
Pejorákatu la cinta padrino, padre o madrina
VII
Reciba madre del ángel de mis labios este versito
Y mi ignorante talento mi explicación es poquito
Oho nera’ârôvo upépe en el cielo infinito
Adiós adiós angelíto yvágape reguejýne
Oho o-rrogá-vo penderehe en el divino sacrificio
VIII
Adiós hermanos y hermana, adiós querida mamá
Adiós la honrada gente, adiós porque ya me voy
Adiós padrino, madrina, adiós mesa donde estoy
No llores madre querida, adiós porque ya me voy


             La caravana y el transporte al cementario. Habitualmente, la madre carga encima de la cabeza el ataúd del angelito sobre un atado de tela (akâpyteao); y en su defecto, lo carga el padre o algún hermano o hermana mayor de 13 años. Delante -a modo de precursores- van unos niños en fila, llevando, el primero de ellos, en la mano la tapa del ataúd y detrás otro u otra porta una coronilla de flores. El cortejo se desplaza caminando. Por el camino, los parroquianos que van en vehículos o de a pié se acercan y entregan su óvolo (moneda o billete) de cualquier valor. En muchos casos, el angelito es acompañado en su tránsito al cementerio con el repicar de la campana de alguna iglesia o capilla.

            Asimismo, por el angelito fallecido no se guarda luto ni medio luto. Tampoco se le reza el novenario ya que es un ser puro sin mancha de pecado original.

            El refranero. Entre varios, existe un refrán que alude al angelito y dice “Ndarekói ni angelito resajopy haĝua he’i velorio-hápe ojerrekeríva (no tengo, no dispongo, siquiera de monedas para poner sobre los ojos del angelito, dice quien es requerido en un velatorio)”. Este refrán pinta una situación hasta inconcebible o muy difícil de ocurrir pues nadie debe negar una moneda al angelito, más alla de aquellas que sirven para pagar el “peaje” de camino al cielo y que son ubicadas sobre sus ojos.
                         
            El dedo meñique del angelito sirve de amuleto (kurundu). Existe una tradición muy particular que consiste en cortarle el dedo meñique al angelito y usarlo como “abogado”. Para ese efecto, se práctica un corte preferentemente en la parte superior del brazo y se incrusta el dedito del angelito; que, hablando mal y pronto, “blindará” a su portador de todo lo malo, hasta de la muerte. Existen muchas historias o casos que cuentan que quien porta el dedito del angelito no podrá morir mientras no se le extirpe el “abogado” o sea el dedito.

2.2.3. Acerca de la muerte de los adultos
            La preparación y el ataúd. Fallecido un joven, adulto o anciano se procede a la preparación del sitio que servirá de lugar de velatorio o “casa de duelo”. Los más próximos al fallecido (familiares o amigos) se encargarán de vestirlo y alojarlo en el cajón o ataúd. Todos los familiares visten de luto, las mujeres usan vestido, velo, media y calzado de color negro; lo varones también de pantalón oscuro y camisa preferentemente blanca con una cienta negra sobre el bolsillo de la camisa o alrededor del brazo izquierdo de la camisa, como signo de duelo.

            Es común “velar” al fallecido por 24 horas y en la vivienda del mismo. En las zonas rurales esas viviendas reciben el nombre de “rancho culata jovái”, que en el medio poseen un espacio que separa los dos lados de la construcción y que es abierto en el frente y la parte posterior. Ese sitio es usado para recibir a las visitas y como comedor. De hecho, una mesa con varias sillas alrededor está ubicada en su centro y es allí, sobre esa mesa, donde se deposita el ataúd y se procede a “velar” al fallecido. El “lamento” o llanto es sostenido y las escenas de dolor son permanentes.

            Una vez que el visitante “sintió (oñandu)” al difunto, pasa a compartir con los demás que conforman diferentes grupos. Los varones tienen la costumbre de ir al fondo, bajo alguna enramada y allí recuerdan al fallecido y cuentan chistes o chascarrillos (pukarâ) de toda laya.

            En algunos lugares todavía existen las plañideras o lloronas, usualmente mujeres, vecinas o parientes del fallecido, que con gritos y llanto lamentan la “partida” del ser querido.
           
            El vaso de agua. Esta es una práctica común, tanto en los “velorio mboriahu” como en los “velorio kate”. Se ubica debajo del cajón un vaso de agua. La gente suele decir que antes de fallecer una persona siente sed, en algunos casos efectivamente se le dio de beber y en otros no; es por eso que existe la costumbre de ponerle el mencionado vaso de agua. Otros incluso dicen que el alma del fallecido queda en dicho recipiente.
  
            El responso. Previo al sepelio, se conduce al fallecido a alguna iglesia para el responso o misa de cuerpo presente. Allí es recibido con el repicar característico de la campana. Muchas veces esto ocurre en el mismo cementerio que dispone de un sitio especial para el efecto. Luego de esa práctica se procede a tapar el cajón y se retira de su superficie la cruz (habitualmente de bronce) que será guardada por la familia hasta después del novenario, en que -finalmente- depositarán la cruz en la tumba o el panteón del difunto.

            El transporte. En las zonas rurales es común transportar el ataúd a pulso o bien en una carreta tirada por bueyes. En este último caso, la carreta no se utilizará para nada sino hasta el final del novenario y cada día en el momento del ñembo’e (rezo) también se encenderá una vela en la carreta.

            El sepelio: bajo tierra y en panteones. Algunos dan “cristiana sepultura” a sus fallecidos y les construyen un nicho; sin embargo, hoy, la práctica más común en los grandes centros urbanos es la de alojarlos en panteones.
            Si el difunto murió en algún accidente rutero o en el transcurso de algún viaje, existe la tradición de construirle un nicho al costado del camino, en el sitio del deceso.  

            El puñado de tierra. En el caso de ser sepultado, también existe la costumbre de arrojar un puñado de tierra sobre el cajón en el momento de ser descendido bajo tierra. Muchos dicen que eso significa “Estuve contigo hasta el final. Que en paz descanses”.


            El novenario suele iniciarse al día siguiente del sepelio, en la casa del fallecido. El altar debe ser montado por una persona ajena a la casa, pudiendo ser un familiar o amigo. El altar nunca debe ser montado o desmontado por un miembro de la familia del difunto. Debe tener nueve gradas, cubiertas con una tela o paño de color blanco. Debe tener nueve velas (una en cada grada). En el centro, de arriba hacia abajo: una cinta negra. En la parte superior se ubican -entre otros- una cruz, un rosario, las imagen de la Virgen María (Virgen de los Dolores o la Virgen del Carmen), San Juan, Jesucristo y una foto del fallecido. Dicho altar también se ornamenta con flores de mirto, niñoasote, cala, margarita y flores de color blanco o amarillo. Luego del rezo del rosario se apagan todas las velas, menos la de la grada superior que se apagará cuando haya terminado de derretirse. El novenario es presidido por el ñembo’e’ýva quien es un “especialista” en el rezo del rosario. El último día del novenario se acostumbra hacer un karu guasu que consiste en una cena con sopa paraguaya, chipa guasu, pastel mandi’o, mbeju, chipa, aloha, caña, gasesosa, torta de miel, caramelos y dulces.

       La mujer que -al momento de desmontar el altar tras la culminación del novenario- se encarga de bajar las imagenes de los santos, según la tradición, se casará poco tiempo después.

       Actualmente, en los grandes centro urbanos el novenario está siendo sustituido por una misa única o cuando más por un triduo de misas.



            En muchos casos es común ver en el velatorio, sepelio o en el último día del novenario a los Estacioneros o Pasioneros que son asociaciones de personas (parientes y vecinos) que interpretan “cantos lastimeros” que en Guarani se denominan purahéi asy. Originalmente, estos grupos se dedicaron a describir mediante su canto doloroso, la pasión y muerte de Jesucristo.


            La primera visita al cementerio se efectúa al día siguiente de haber concludio el novenario. En esa ocasión se lleva la cruz que es ubicada en el nicho o el panteón; además se llevan flores y paños para la cruz. El día de visita a los fallecidos jóvenes, adultos y ancianos es el lunes; en tanto que el sábado está destinado a los angelitos. Asimismo, en la Semana Santa se acostumbra visitar a los difuntos el viernes santo, en horas de la mañana. Cabe recordar que el 1 de noviembre se recuerda el Día de todos los Santos (Imarangatúva ára); mientras que, el 2 de noviembre es el Día de los Difuntos (Omanóva ára – Lasánima ára).

            Igualmente, debemos recordar que existen en el cancionero popular las composiciones que reciben la denominación de compuestos que son cantos populares que preferentemente relatan hechos trágicos: accidentes, asesinatos, fusilamientos, etc. Se hicieron comunes luego de la Guerra contra la Triple Alianza. En el Paraguay, dos muestras valiosas y célebres de compuestos son: “Mateo Gamarra” y “Pancha Garmendia”. Como muestra transcribimos el siguiente que fue recopilado por Víctor Barrios Rojas en su libro “Motivos populares tradicionales del Paraguay “El compuesto”.

COMPUESTO “HILARIO VARGA”
I
Atención pido señores
Atencion-mi ajerure
Tamombe’umi peême
Hilario Varga-pe ojehuva’ekue
Era un hombre servidor
Querido por su amigo
Omano’anga tristemente
Por mano de asesino
II
He’ivavoi ha’e
Oîvaha amenzado
Y supo aquel día
Va a ser asesinado
El 26 de agosto
Peteî ko’êtî jave
Oĝuahêma tre indivíduo
Oporandúva hese
III
Péina oî, he’i chupe
Ita’ýra o-contesta
Ha upépe osêma Varga
Okême o-saluda
Ojerure chupe permiso
Opytu’umi haĝua
Ha he’i chupekuéra Varga
E-sencilla-katu ne renda
IV
Ha upéi omongai’u
Ha upéi omorambosa
Por no la deconfianza
Ikysekuéra oñongatuka
Ha upéicha oî hikuái
Todo el día en vigilancia
Ne’îra oĝuahê la hora
La o-cumpli haĝua la i-misión
V
Amo kuarahy oikévo
He’íma katu chupe
Jahátango nde karai
Rehechauka oréve tape
Ha upépe Varga ontendéma
La oikóva hese
Ita’ýrapema he’i
Ivaíngo ko’â mba’e
VI
Iporâvéko ñasê
Ñane familia apytégui
Ikatúmo ikuimba’e
Ha opoi ñandehegui
Ita’yrakueramimi
Osê oma’êjoa
Ndoikuaái gueteri ha’ekuéra
Itúva omanotaha
VII
Ohupytývo peteî arroyo
De nombre Kavakua’i
Sei tíro oñehendu
Hilario Varga ojejapi
Ojere upépe Mateo
Oma’êmo’â haĝua
Pero 11 tiroteo
Hendápe o-acerta
VIII
Ojecháma yvyipiete
Aquel estero osururu
Ha upéicha o-salva la vida
Aquel mitârusu
Hilario opytáma upépe
Decidido-ma kuimba’e
24 hora haguépe
i-gente-kuéra o-recogé
IX
Okañy lo individuo
Ndaipóri ij-agarra-ha
Elegancia y sinosente
Sin amparo y sin hogar
Anivéna che amigo-kuéra
Pejuka pende rapicha
Ñandejárango ipochy
Pende-catiga-varâ
X
Hilario omanohague
Mombyrýgui jahecha
Kurusu tapepete
Tataindymi oipota
Solitario en el desierto
i-paño-mi omboveve
Oipota jaha hendápe
Ja-rogá haĝua hese

            Otro elemento relacionado a la muerte es el cuento popular o káso ñemombe’u. Ya el nombre Guarani káso ñemombe’u alude a la transmisión usualmente oral de estos cuentos. En el Paraguay existen innumerables cuentos sobre fantasmas o póra o almas en pena que rescatan una serie de patrones de conducta relacionados a los fantasmas, que son almas en pena que rondan sus ex moradas y familiares, generando temor y causando molestias; sin embargo, siempre hay algún valiente que decide encararlos, preguntándoles en Guarani: Ndépa máva, ndépa cristiano del mundo?” logrando, con suerte, saber porqué está “penando”. Muchas veces el póra pide que se eleve una oración por él (peteî Maria-mi”); o bien pide un novenario en su nombre; o que se efectúe alguna limosna para, de esa forma, lograr su descanso en paz (pévareko apytu’únema).
            A continuación, un káso ñemombe’u como muestra.

MBOHAPY PÓRA OHEKA PY’AGUAPY
Ohai: David Galeano Olivera
       Peteĩ ára ndaje oġuahẽ hikuái Itakuruvípe karai Arnaldo Martínez, hembireko ha mokõive ta’ýra: Peru, ijypykuéva, ha Kalo’i katu paha­guéva; avei ou hendivekuéra karai Policarpo Centurión ha hembireko; ha karai Crispín Rivas hembireko hyeguasúva ndive. Ha’ekuéra oúkuri Kuruguatýgui.

       Oġuahẽ rire Itakuruvípe niko ojogapo hikuái mbohapyve ojoykére. Peteĩ tapepo’i puku opahápe ojogapókuri karai Policarpo, ha hóga rape yke akatúa gotyo ndaje ojogapo karai Crispín; ha hóga rape yke asu gotyo katu ojogapókuri karai Arnaldo. Mbohapyve ojoypypete, oikoha­guéicha Kuruguatýpe.

       Peteĩ jasy ohasa rire, omano sapy’a karai Policarpo. Oñembyaty­paitéje hikuái upérõ, hasẽjoaite, oñembo’e ha ambue ko’ẽ -pyhareve asaje rupi- ogueraha oñotỹ Policarpo retekue.

       Peru -karai Arnaldo ta’ýra ypykue- ndaje peteĩ karia’y hekoro­rýva ha py’ỹinte jeko oho ojeroky ha ovy’a iñirũnguéra ndive. Péicha ndaje peteĩ pyhare -mbohapy ára karai Policarpo omano rire- ohókuri Peru peteĩ jerokyhápe, ha pyharepyte rupi osẽ oupa heseve ka’unungáre. Ha ndaje oikéta jave hógape ohecha sapy’a tape yképe oguapýhina karai Policarpo amyrỹi, ijao morotĩmba. Tuicha oñemon­dýi Peru ha pya’eterei oike hogapýpe. Omombáy túva ha sýpe ha omombe’u chupekuéra ohechava’ekue. “Mba’e karai Policarpo katu piko, ndeka’urapo!... Ha’e niko omanóma... Terehóna eke mba’e!”, he’íkuri chupe itúva ha okéjejekoraka’e. Upe mba’e oparei upépe ha upe pyhare.

       Upéinte niko, peteĩ arapokõindy rire, omano sapy’a avei upe karai Policarpo rembirekoremi. Oñembyatypajeýkuri hikuái, hasẽjoaite oñembo’e ha ambue ko’ẽme -pyhareve asaje rupi- ogueraha hikuái oñotỹ karai Policarpo rembirekoremi retekue.

       Karai Crispín jekoraka’e upe ombyasyvéva karai Policarpo ha hembireko ñemano. Py’ỹinte ohómiva’erã Policarpo rogakuemíme oñembyasy. Péicha ndaje, peteĩ asaje, ohóraka’e upépe ha oñemombo karai Policarpo kyhakuépe ha oñemyatymói. Upéi, ika’aruetémarõ, ohókuri ipiári hembireko hyeguasúva. Oñatõi chupe. “Crispin epáy­ke... ka’arupytũma niko”, he’ívo chupe, osẽ oujeýkuri hogamíme. Ndoúigui iména, ohojeýndaje ipiári. Oñatõijey chupe ha upépe ae ohechakuaa iména Crispín omanohague. Sapy’ami rire, oñembyatypa hikuái, hasẽjoaite, oñembo’e ha’e... ko’ẽ rire -pyhareve asaje rupi- ha’ekuéra ogueraha ha oñotỹkuri karai Crispín retekue.

       Upe mba’e ojehu rire -mbohapy ára haguépe- Peru oñembosako’ijeýma ha ñemiháme, ohóraka’e peteĩ jerokyhápe. Pyha­repyte rupi osẽkuri ha ojevy hógape, ha ndaje oikéta jave hogapýpe, hesaho sapy’a karai Policarpo, hembireko ha karai Crispín omano ramoitéva rehe. Mbohapyve ijao morotĩ reheve, oguapýhina tape yképe.

       Tuicha oñemondyijey Peru ha pya’épeko oike ha omombáy túva ha sýpe, ha omombe’u ichupekuéra upe ohechava’ekue tape yképe. Itúva oja’ojeýma chupe: “Mba’éichapiko rehecháta Policarpo, hembireko ha Crispín-pe?... Ha’ekuéra niko omanóma... Tereho eke!... Ka’u reheve niko oimeraẽ mba’e ikatu jahecha”. Peru katu ombohovái: “Nahániri che ru. Añetehápe, amo okápe oguapýhína mbohapyve”. Heta oño­mbohovái rire, osẽjoaite okápe; avei osẽkuri Crispín rembirekore hyeguasúva ha -oguerovía’ỹre- ohecha hikuái, añetehápe, umi mbo­hapy póra oguapývahína tape yképe.

       Upérõ, kyhyjepópe, oñepyrũ hikuái oñembo’e; ha oñembo’epa rire, karai Arnaldo rembireko osẽjekoraka’e he’i ichupekuéra: “Mba’éiko peipota?... ndapehupytýimba’epiko py’aguapy?... Mba’éiko peikotevẽ rojapo penderehe?”. Mba’evete nde’íri hikuái.

       Upeichaite jeko oikojeýkuri mokõi pyhare; ha upe pyhare mbo­hapyhápe, oñembo’epa rire hikuái osẽjeýndaje karai Arnaldo rembi­reko oporandu: “Mba’éiko peipota?... ndapehupýimba’epiko py’aguapy?... Mba’éiko peikotevẽ rojapo penderehe?”; ha ndaje upépe ae oñe’ẽkuri karai Policarpo amyrỹi: “Ñandejára niko naoremoingeséi yvágape romombe’uỹre mba’e vaiete rojapova’ekue ko yvy ape ári”. “Ha mba’éiko pejapóraka’e”, oporandujeýkuri karai Arnaldo rembire­ko: “Ha’e... penemandu’ápiko jaikóramoguare amo Kuruguatýpe mba’eichaite pevépa jaikoasyetékurí, ndajakaruvéi hamba’e, ajépa?”, ha upéi ombojoapy: “Upépe niko oikókuri karai Venancio Rolón, ipirapire hetaitéva; hembireko ha ita’yra’ỹva; ha jajumboyvemi ojekukava’ekue, ajépa?”. “Héẽ, upeichaite”, ombohováikuri ha’ekuéra.

       “Crispín ha che niko roġuahẽ peteĩ ñe’ẽme, ha rohókuri roimo’ãgui karai Venancio ndaiporiha hógape, romondávo ipirapire ha áġa roimeporãmi rire rome’ẽjey haġua chupe. Upérõ niko ha sapy’areíramo ġuarã arahákuri che mboka. Che apyta okápe ha Crispín oike, ha nimbora’e karai Venancio -oĩva hógape- oñandu, ha imboka reheve ou ojuka haġua Crispín-pe. Ahechávo, añemotenonde hese ha aju­kaitevoi. Upéi romonda pirapire ha roñaníkuri upégui. Crispín nomombe’úi hembirekópe hyeguasúgui; ha che katu namombe’úi peẽme akyhyjégui pendepochýramo ġuarã. Che rembireko añoitépe amombe’úkuri. Upévare, ore mbohapymínte roikuaákuri upe mba’e vaiete, ha’e... upévare avei Ñandejára ipochy orendive ha naoremoi­ngeséi yvágape”, he’íjekoraka’e karai Policarpo amyrỹi.

       “Ha mba’éiko peikotevẽ?... Mba’éiko rojapokuaa penderehe?”, oporandujoa hikuái. “Mba’eve. Romombe’úmaniko peẽme ore rembia­po vaikue. Rohupytýnema py’aguapy. Áġakatu, peipotáramo peñembo’ekuaa orerehe”, he’ijeýkuri Policarpo póra.

       Oñembo’éndaje hikuái hesekuéra, ha upéi katu py’aguapýpe ohojoa oke.

       Upete guive ndojehechaukavéi umi mbohapy póra. Oiméne niko Ñandejára oñyrõmba’e chupekuéra...

       El refranero también rescata algunos refranes o ñe’ênga que aluden a los difuntos. A modo de muestra, los siguientes:
                -Ho'ysâ asy omanóva pypytéicha
                -Mávapiko oimo'âta, he'íje ĝuaiĝui velorio-hápe.
                -I-día ĝuahêguinte, he'íje ñane retâygua oporojukárô
                -I-gusto-jeyrei, he'íje omanóva re'ônguére opukava'ekue.
                -Avy'a ha ndavy'ái avei, he'íje iména manóva.
                -Akirirîma, he'íje aipo ojejuvýva.

       Igualmente, existen marcantes, sobrenombres, apodos o jehero que se refieren a la muerte o a alguna cuestión vinculada a la muerte. Así.
                -Lasánima (ijyvate ha hesa’yjúre)
                -Calavera râi (hâi hakua po’i haguére)

       También existe la devoción popular que comprende la veneración a fallecidos que ni siquiera fueron beatificados o santificados por la iglesia, pero que sin embargo son milagrosos. En el Paraguay, por ejemplo, existen devociones muy afamadas como la de Pablito o Kurusu Pablito (cuyo oratorio se encuentra en la Compañía Pedrozo, sobre la ruta 2, camino a Ka’akupe), Francisca Villalba (cuyo panteón se halla en el Cementerio del Sur, en Asunción), el Cadete Benítez (cuyo oratorio se encuentra en el Barrio Santo Domingo, de Asunción) y Cirilo Duarte (cuyo oratorio se encuentra en la Iglesia de la Crucecita, en el Barrio Sajonia de Asunción, y hasta donde llegan los estudiantes en época de exámenes a pagar sus promesas). En estos lugares abundan los azulejos con la inscripción “gracias… por los favores recibidos” En la Argentina, particularmente en el norte es muy conocido y venerado el Gauchito Gill. En otras palabras, son difuntos milagrosos sin ser santos.

       San La Muerte. Cabe destacar que existe una devoción a un “santo” muy particular: el señor de la Buena Muerte o San La Muerte. En el Paraguay, existe un oratorio -el más conocido- dedicado a San La Muerte y se halla ubicado en la Ciudad de Ita, hasta donde concurren personas procedentes de diferentes puntos del país y del exterior. tekotevê ñanemandu’a peteî marangatu jojaha’ŷva oñembohérava Karai Mano Marangatúva térâ Mano Marangatu. Ñane retâme oî peteî ñembo’eha -ojekuaavéva- oñemopu’âva hérape Táva Itápe ha ijatyhápe heta tapicha oúva ñane retâ tuichakue javevégui ha ambue tetâgui. Leer en (http://cafehistoria.ning.com/profiles/blogs/cultura-popular-el-senor-de-la).

3.- CONCLUSIÓN (MOHU’Â)
       Como decía más arriba, en la actualidad la tradición permanece arrinconada en las zonas rurales, en aquellas comunidades más distantes o que menos contacto tienen con las grandes ciudades. En otras palabras, la modernidad, o mejor, la “sociedad de consumo” -hoy- le restó mucho a la tradición; pues actualmente, en los grandes centros urbanos, poco o nada importan la edad, los colores de los cajones o el luto. En muchos casos, todo el proceso vinculado a la preparación del fallecido, su velatorio y su sepultura se ha “tercerizado” pues toda esa tradición se deriva a alguna empresa funeraria que mediante cómodas cuotas hace más llevadera y menos traumática la trágica circunstancia de la muerte. Sin tener que ir lejos, hoy existe una abierta competencia entre estas empresas y los servicios que ofrecen. Se esmeran al máximo en todo. Al fin y al cabo, la muerte se convirtió en un negocio rentable y sumamente caro.

       De hecho, en la actualidad y en términos de estatus, hay muerte mboriahu y muerte kate. El pobre, mas que por la tradición, mantiene el ritual popular sencillamente por causas económicas; en tanto que, el que puede, procura lo mejor (cajones uno más costoso que el otro según la madera de la cual están hechos, casas de velatorio en zonas privilegiadas, con aire acondicionado y todas las comodidades; maquillaje y mortaja de calidad para el fallecido, capilla ardiente, flores, corona, un completísimo bar, elegantes y lujosas carrozas fúnebres: Mercedes Benz, BMW, etc y por supuesto la sepultura en el más elegante cementerio, una especie de jardín lleno de flores y arboles). Cuanto más ostentación, mejor; por consiguiente, concebida así, la muerte, hasta se torna atractiva…  


4.- BIBLIOGRAFÍA (KUATIAÑE’ÊITA)
4.1. Barrios Rojas, Víctor. Motivos populares tradicionales del Paraguay. Volumen I y II. Asunción, Paraguay. Litocolor. 2002 y 2008 respectivamente.

4.2. Bertoni, Moisés. La civilización Guarani. 3 tomos. Puerto Bertoni, Paraguay: Imprenta y edición “Ex Silvis”, 1927.

4.3. Galeano Olivera, David A. Antropología – Avakuaaty. Asunción, Paraguay; Zada Ediciones, 2002. 128p.

4.4. Galeano Olivera, David A. Jakavere ypykue (15 káso ñemombe’u). Asunción, Paraguay: Edisa, 1989. 87p.

4.5. Galeano Olivera, David A. Káso Ñemombe’u. Asunción, Paraguay: Centro Reprográfico Saúl, 1999. 97p.

4.6. González Torres, Dionisio. Cultura Guarani. Asunción, Paraguay: Editora Litocolor S.R.L., 1991. 269p.

4.7. González Torres, Dionisio. Folklore del Paraguay. Asunción, Paraguay: Editorial Comuneros S.A., 1980. 612p.

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Trabajo presentado por el autor en el II Encuentro de Antroposemiótica de la muerte y el morir organizado por la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones (Argentina) – Posadas, 18 y 19 de octubre de 2012. Ver en (http://cafehistoria.ning.com/profiles/blogs/finaliz-el-ii-encuentro...)